El Socialismo en Cuba: realidad o utopía

Por Carlos Raúl Macìas López

Desde que tengo uso de razón, he estado escuchando de manera crónica y recurrente ésta vilipendiada y desacreditada frase: “en Cuba se está (o estamos) construyendo el socialismo”

Después de unos cuantos años del triunfo de la revolución, recuerdo a Fidel visiblemente emocionado, en la clausura de uno de los “célebres” congresos del partido comunista de Cuba (PCC), cuando de súbito se puso de pie y tronó proféticamente a manera de conclusión, y a voz en cuello: “¡¡¡Ahora si vamos a construir el socialismo!!!”

En aquella época yo tendría unos veintitantos años de edad, mientras estudiaba aún en la facultad de medicina “Enrique Cabrera”, y obviamente en mi inmadura percepción de la realidad, no podía aquilatar la trascendencia de esa declaración en toda su profundidad.

No obstante, si recuerdo con claridad que pensé para mis adentros: “¡caramba, han pasado tantos años desde que se hizo la declaración del carácter socialista de la revolución, y ahora si es que vamos a construir el socialismo? ¡Qué hemos estado haciendo entonces todo éste tiempo?!”

Es sobre la base de ésta evocación que quiero hacer algunas consideraciones, pero desde una perspectiva causal. No es mi propósito, ni por asomo, ser concluyente en este asunto tan complejo, sino simplemente realizar un viaje imaginario por la historia pasada y presente de Cuba, aludiendo a los países que un día apostaron por el modelo económico socialista, y que por determinadas razones renunciaron, de la noche a la mañana, al mismo.

Para nadie es un secreto que ni siquiera en aquellos paradigmáticos países como la ex URSS, o incluso en las naciones asiáticas como Corea o China, se ha logrado construir el socialismo, muy a pesar de que los proletarios cantos de sirena entonaban antífonas contrarias.
Las historias de estas naciones, al margen de las ostensibles diferencias particulares, tienen un común denominador. En ese sentido, considero que el mismísimo ADN estructural del sistema traía congénitamente incorporado el gen del error y el fatalismo, que finalmente dio al traste con años de infructuosos e ingentes esfuerzos, tirados todos por la borda. Los acontecimientos así lo demuestran inequívocamente.

El desmedido ímpetu revolucionario, por una parte, combinado con una visión seudomesiánica de transformar la realidad, y el sincero pero desacertado designio de erradicar de golpe y porrazo los “males del capitalismo”, a fin de cuentas, sentenciaron a muerte el proceso, aún antes de que éste viera la luz. Es por eso que en ningún país el socialismo ni siquiera alcanzó la mayoría de edad, mucho menos en Cuba.

A largo plazo, de muy poco valió nacionalizar, radicalizar, fundamentalizar, ideologizar, por cuanto quedo en el olvido el elemento más importante en todo proceso social: el individuo y su manera de pensar, lo cual incluye la simbiosis entre la pluralidad y la heterogeneidad de pensamientos, sueños y aspiraciones.

Una cosa es que en un abrir y cerrar de ojos los medios de producción pasen de ser propiedad de unos pocos a la mayoría, y una muy diferente es que las personas asimilen conscientemente todos esos cambios, y estén dispuestos a asumir los retos que eso implica. Por tanto, no todo lo que es novedoso, populista o incluso beneficioso en su génesis, es necesariamente sostenible.

Por otra parte, un elemento de peso en la poca factibilidad del sistema rojo en su universalización, fue intentar clonar particularidades, al extrapolar las experiencias de allá y de acullá, a un contexto totalmente diferente como el de nuestro país. ¿Cómo garantizar, entonces, que lo que no dio resultado en los países de Europa del Este, diera resultado aquí?

La historia de Cuba a partir de 1959 es una historia de discretos avances y marcados retrocesos. Los modestos progresos que se pudieran invocar, al menos desde el punto de vista social, en lo que bien pudiera catalogarse como los “años de las vacas gordas”, fueron gracias no a los placeres de una economía desarrollada, sino por el favor de los países del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), que milagrosamente subvencionó nuestras depauperadas reservas, tras la incorporación de Cuba en 1972 a esta institución, solo a cambio de incondicionalidad ideológica (sobretodo dada nuestra cercanía geográfica con los EUA y lo poco que en otras esferas Cuba podía aportar), en el marco de la felizmente concluida guerra fría.

Llega la década del 90, y casi de súbito desaparece el socialismo en Europa, dejando tras de sí una sombría realidad existencial para la gran mayoría de los cubanos, que pasó a la historia con el nombre de “Período Especial” Ésta etapa nos transportó inevitablemente casi al paleolítico, pues como nación nos hace retroceder drásticamente, sacando a relucir la mala calidad del sistema social que se intentaba imponer. En ese sentido, uno de los elementos indispensables que fallaron (y aún está fallando) en la construcción del país, fue precisamente el debate abierto, sin restricciones ideológicas, y esto, por ende, en un ambiente totalmente democrático, donde el individuo pudiera, sin límites de ninguna índole, cuestionar, exigir, cambiar todo y a todos.

Hasta aquí, el modelo socialista en Cuba nunca ha funcionado, ni funcionará, y ya no tan sólo por los defectos congénitos del modelo en sí, sino además, porque el gobierno no acepta, muy convenientemente, que todos los cubanos, sin acepciones políticas, religiosas, o ideológicas, participemos democráticamente en la construcción de una patria que no es de algunos, sino de todos, donde el debate y el consenso respetuoso, abarcador y auténtico, promueva desde las raíces el diálogo ciudadano a nivel nacional y la democracia deliberativa, donde a través de elecciones libres el pueblo elija directamente a su presidente, y no ya por la excluyente decisión de 600 y tantos delegados de la Asamblea Nacional.

En una ocasión mi padre me preguntó: “entonces, qué tú propones para Cuba: ¿que el socialismo se perfeccione, o que el capitalismo regrese?” Mi respuesta tácitamente fue: “que el pueblo elija por sí mismo lo que quiere, sin interferencias externas (llámese EUA o la derecha mundial), ni internas (llámese PCC, blindajes constitucionales o la seguridad del estado)”

Reitero lo que ya en una ocasión expresé: que el sueño para Cuba sea el sueño de todos, con todos, y para todos, y no solamente el de los que están en el poder, o el de unos pocos y descontextualizados simpatizantes, que gravitan y mandan desde la altura de una satisfecha y todopoderosa élite clasista a años luz de la realidad, que se arrogan el derecho de decidir por los demás sin ni siquiera consultar la opinión popular, bajo la aureola de ser defensores a ultranza del socialismo, pero que viven de hazañas pasadas, y/o aferrados a cargos y jerarquías que les reportan sustanciales dividendos, en la burbuja de un primer mundo al estilo del capitalismo más desarrollado, pues es muy fácil hacer política desde la abundancia, mientras se exigen sacrificios y austeridades a los demás.

Desde la pluralidad de la sociedad civil independiente, me atrevo a aseverar: no claudicaremos en el empeño de un grupo cada vez más creciente de cubanas y cubanos dignos pero indignados, valientes y audaces, que de muy buena gana hemos renunciado voluntaria y libremente al exilio forzado y al inmovilismo cívico, de quedarnos de brazos cruzados mirando hacia otra dirección, esperando toda una vida en cómplice y cobarde silencio, mientras Cuba agoniza en el lecho infame del abandono más miserable.

Hemos comprendido, que la patria ya no es más un laboratorio de pruebas, donde “expertos y asesores bien intencionados” experimentan una y otra vez, para ver cuál es la estrategia que da resultado y nos saca “milagrosamente” de la interminable y cada vez más agravada crisis, entre tanto “nos conseguimos otro padrino económico o socio comercial “, que nos subvencione y apuntale cual tabla de salvación, a cambio de exportar revoluciones e izquierdismos.

En Cuba, el socialismo nunca llegó a ser una realidad para la mayoría, y a pesar de que aún es una utopía para unos pocos, gracias a Dios, cada vez somos más los que apostamos por el cambio, que los que no.

 

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