Fanáticos y revolucionarios: Dos caras de una misma moneda


Por Carlos Raúl Macías López

Para un líder y su causa, no es lo mismo tener seguidores que fanáticos. El límite entre unos y otros es muy tenue. Por lo que traspasar la frontera entre ambas categorías podría resultar muy fácil. Cuando se trata de asumir defensas exageradas, saturadas de pasiones irracionales, estamos hablando no ya de un saludable seguidor, sino de un enfermizo fanático, que da la impresión que tiene respuestas irrebatibles para todo y todos, que no pregunta, sino que siempre da por sentado tener la razón.

Siempre vamos a ver a esas personas por ahí, con ese aire inconfundible de autosuficiencia e incondicionalidad y hasta de obstinación, que en ocasiones puede rayar con la violencia, la crueldad y hasta el homicidio. Amparados en determinada creencia, han sido muchas las expresiones del fanatismo, que muy bien pudiera ser hacia un deporte, un partido político, un líder, un credo religioso, o cualquier otro pretexto.

En nombre de una “causa justa”, muchos han sido victimizados a manos de esos individuos, que, en su fe ciega hacia algo o alguien, no miden las consecuencias, cuando de sostener e imponer su verdad absoluta se trata. No olvidemos que el terrorismo tiene como materia prima el fanatismo.

Este fenómeno es mucho más que una cuestión conceptual. El verdadero dilema radica precisamente en que afecta hasta la distorsión el comportamiento humano, considerando que la esencia misma de esta conducta tan dañina, es su carácter excluyente.

Debatir e ir en pos de la búsqueda de ciertas verdades colectivas, parece no formar parte de la mentalidad de un fanático. Es como si ellos poseyeran la piedra filosofal del conocimiento absoluto, motivo por el cual no necesitan cuestionar nada. Solo dan u obedecen órdenes. Distinguen dos grupos: ellos y los equivocados.

Son, por tanto, rabiosos rivales de las libertades básicas del género humano. Y allí donde el fanatismo ha sido entronizado, se respira una atmósfera de “estoy dispuesto a matar y a morir”, se extingue el progreso y tal parece que el tiempo se detuvo.

Para mí resulta casi paradójico intentar separar el concepto de fanático, del ideal del revolucionario, al menos en la acepción que hemos heredado del régimen político que padecemos en Cuba. Esos seres que todo pretenden reducirlo a consignas, discursos y efemérides. Que con la misma facilidad que canonizan lugares, satanizan contrarios y responsabilizan de sus errores a “los enemigos”

Si yo intentara caracterizar a un revolucionario, comenzaría diciendo que este tipo de persona tiene como base existencial las certezas absolutas. Certezas que le impiden no ya razonar otras variantes, sino el simple ejercicio de cuestionar lineamientos, al no aceptar ningún análisis crítico, que ponga en tela de juicio los fundamentos de su ideología. Asumen el monopolio de interpretar inequívocamente la realidad.
Se plantean el mundo en blanco y negro. Para ellos no existen los matices. Buenos y malos, proletarios y burgueses, revolucionarios y contrarrevolucionarios, son las categorías que emplean con desmedida falacia. No en vano fanáticos, revolucionarios y fundamentalistas, son en mi opinión, términos indistintos.
Cuando se saben acorralados por un oponente bien preparado, rehúsan el diálogo, objetando toda suerte de justificaciones. Ante la falta de argumentos prefieren los gritos, las ofensas y el descrédito. La cumbre de Panamá y de Perú dan fe de ello.

No podemos olvidar que la gran mayoría de los cubanos nacimos después de 1959. Esto implica que llevamos, nos guste o no, intrínsecamente el germen del “revolucionario-convencido-radical” en nuestros genes, que como una maldición generacional sale a relucir cuando discutimos prácticamente de cualquier tema. Asumimos posturas extremas, en detrimento de un contrincante, que muy bien pudiera ser un miembro de la familia o un enemigo declarado.

Intransigencia, desprecio y castigo, ante quien ponga en tela de juicio las palabras o el pensamiento del líder histórico, son el trinomio perfecto, que articula un estado todopoderoso, en el intento de inmiscuirse en el espacio sagrado del individuo, para someterlo.

Por tales motivos, me opongo a todo lo que denote rendición incondicional. Sea un credo religioso, sea un partido político, sea a un líder. No importa lo elocuente o convincente que éste sea. Seguir o simpatizar con una propuesta determinada, no me imposibilita de pensar con cabeza propia.

Nunca entregaré mi libertad y mis derechos a cambio de ningún condicionamiento. Una cosa es el respeto y la admiración a una persona que está en autoridad y otra bien distinta es dejar de ser yo, para convertirme en lo que no soy, o peor, en lo que otros esperan que sea.

Con esto en mente, puedo hacer equipo con quien sea.

Seguidor condicional, sí. Fanático-fundamentalista-revolucionario, no.

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